La odisea de Cali: rescatando la dignidad de un tigre con comunicación interespecies.

Actualizado: abr 16

Al norte de la Ciudad de México, se ubicaba un refugio para animales silvestres rescatados en condiciones de riesgo.

Al Bioparque de Pachuca, Hidalgo, llegaron decenas de especies decomisadas en zoológicos personales (a veces casas de narcotraficantes) o en circos donde vivían maltratos, encierros y traslados prolongados y mala alimentación. Osos, primates, pájaros exóticos, panteras, jaguares, leones y tigres de bengala conformaban la población, a la espera de ser reinsertados en sus hábitats originales o llevados a santuarios más dignos de sus imponentes presencias.


Tuve la oportunidad de conocer varios de estos casos y celebrar sus paulatinas recuperaciones, pero de todos ellos Cali, un tigre macho de unos 12 años de edad, fue quien más me llamó la atención. Había ingresado recientemente en el grupo, pero durante esos primeros 10 días no había querido comer nada, postrado en su jaula y sin mostrar ningún indicio de conexión con los biólogos encargados.


Cuando establecí contacto telepático con este gran ser, pude percibir la inmensa depresión en la que estaba sumido. Erika Ortigoza, coordinadora del Bioparque, me contó que Cali había convivido con otro cautivo en sus años de circo. Se trataba de un oso pardo, a quien bautizaron como Invictus, con el que Cali desarrolló una conexión de amistad significativa. Eran vecinos de jaula y compartían ese destino. En una ocasión, una mujer del circo se aproximó demasiado al oso y este le puso un alto con sus garras y colmillos. Los dueños del circo decidieron romper a palos la mandíbula de Invictus condenándolo a padecer infecciones y dificultades para alimentarse de por vida; hasta que murió. Cali me transmitió la gran pena que todo esto le provocó y el dolor de haber perdido a su amigo oso, envuelto en estas emociones no sabía si quería seguir viviendo o simplemente abandonarse a la muerte también. Sentía que no valía nada…


Erika y su compañera Marisol Pérez, querían desesperadamente que Cali se alimentara porque sabían que en estas condiciones no resistiría otra semana más.

La Comunicación Interespecies logró abrir una nueva posibilidad en este punto. El tigre me mostró cómo para él la comida se había convertido en un intercambio perverso, ya que había sido condicionado a estar con hambre para mostrar su furia durante las funciones del circo. Les hice saber esto a las biólogas, y ellas me pidieron hacerle saber a Cali que no tenían ningún interés con la comida, que no “iban a pedirle nada a cambio” más que su bienestar.


Volverle a generar confianza en los seres humanos, y sus palabras, a este felino herido era el reto a conquistar. Les recomendé que cada vez que se acercaran a Cali le dijeran de corazón a corazón:


-No queremos nada más que tu felicidad


Cali reaccionó con prudencia y escuché su voz diciendo:


-Vamos a ver si es cierto. No me quiero ilusionar por que no confió en la gente…


Le agradecí el contacto y subimos del patio de jaulas a las oficinas del Bioparque (yo tenía que dar una clase en línea durante la siguiente hora y media).

Mientras tanto Carlos, el biólogo asignado, hizo lo que Cali pidió al ofrecerle comida sin pedirle nada a cambio. Para su sorpresa Cali se incorporó en 4 patas y se acercó, por primera vez en 10 días, a la reja donde Carlos estaba y él grabó con su cámara el momento. Subió a la oficina y nos mostró el video de lo ocurrido a todos. Erika, Marisol y yo estábamos conmovidas. Por el solo hecho de escucharlo y darle su lugar -con dignidad- Cali probaba el alimento, mostrando signos de querer vivir y abrirse a confiar en los seres humanos una vez más.


A la mañana siguiente volvimos, mi esposo Hari y yo, a grabar más escenas en el Bioparque y nos compartieron la noticia de que Cali seguía haciendo pequeños progresos pidiendo alimento. Su destino era y es ser libre. Tres meses más tarde, totalmente recuperado, se logró su traslado a Estados Unidos para que pasara los últimos años de su vida en un santuario especial en las montañas de Colorado, en donde gozaría nuevamente de la naturaleza. Su propio poder no había sido quebrantado, solo requería confiar en la vida y rugir de nuevo!


Marisol Ortigoza, nos compartió recientemente que las autoridades condenaron a 4 años de cárcel al dueño y la pérdida de su registro como Circo (Circo Harley) por la muerte del Oso Invictus.


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